viernes, 8 de octubre de 2010

Extracto de Shadowfever, K.M. Moning


Muy pocos habían visto alguna vez a los Seelie, excepto los pocos mortales robados por ellos mismos que vivían en la corte Fae, y por supuesto, Barrons, que alguna vez pasó una gran cantidad de tiempo allí, durmiendo con una princesa, antes de asesinarla y enojar a V’lane eternamente.
Yo he visto miles de Unseelies, pero hasta ahora, incluso yo – la sidhe ser extraordinaria- apenas había visto un solo Seelie.
Había comenzado a preguntarme por qué.
En las oscuras horas de la noche, Me había preguntado si tal vez el era el único que quedaba, si estaba escondiendo algo, si a lo mejor él no era realmente Seelie, a pesar de todas las evidencias a su favor.
Viéndolo en este momento, todas mis dudas se evaporaron.
Aquí están los Seelie.
Ellos finalmente movieron sus culos y comenzaron a ponerle atención al desastre en el que convirtieron mi mundo. Supongo que estaban demasiado ocupados, hasta ahora.
Incluso tan llena de odio contra los Fae como estoy, no puedo negar que V’lane luce como un ángel vengador, cargando desde el cielo para poner mi mundo de vuelta en su eje y limpiar todo este desastre. Radiante, dorado y fascinante, el dirige un ejército de ángeles.
Altos, graciosamente musculosos, ellos avanzan hombro a hombre con él, llenando la calle. Deslumbrantes, su piel aterciopelada espolvoreada con oro, ellos son tan escalofriantemente exquisitos que incluso para mi es difícil mirarlos – y yo soy inmune por haber sido una Pri-ya, una adicta al sexo Fae.
Ellos son seres de otro mundo, divinos.
Hay docenas de seres de la casta de V’lane, hombres y mujeres. Todos poseen un erotismo terrorífico que los hace letales para los humanos. Si un científico lograra atrapar uno para estudiarlo, no estaría sorprendida de enterarme que su piel exuda alguna feromona que nos enloquece de necesidad.
La perpetua promesa de una sonrisa descansa en sus irresistibles labios, debajo de unos ojos extraños, ancianos. A pesar de todo lo que he sufrido en sus manos, quiero correr hacia adelante y deslizar mis manos sobre su sedosa piel, descubrir si su sabor es tan increíble como su olor. Quiero verme envuelta en el abrazo de un Fae, dejar a un lado mis recuerdos, mi mente, mi voluntad y ser llevada a una Corte Fae donde pueda permanecer por siempre joven, protegida por la ilusión.
Rodeando la casta de V’lane – la que asumo es la de más alto rango, dado como las otras castas parecen protegerla- están las criaturas producto de los cuentos de hadas. Son del color del arcoíris, delicadas hadas que vuelan como ruiseñores con alas de la más fina gasa; ninfas plateadas que bailan sobre sus delicados pies; y otros que ni siquiera puedo ver, excepto por los cegadores rastros que dejan atrás cuando se mueven. Ellos son tan brillantes y ardientes, que solo podrían describirse como estrellas en la tierra.
Me burlo ante la delicadeza de su ejército. Ellos son etéreos, nacidos para volar, seducir y ser servidos.
El mío es terrenal, sólido. Nacido para arrasar, matar y gobernar.
Nos acercamos el uno al otro, sobre una calle cubierta de nieve.
Donde los pies de los Seelie tocan la tierra, la nieve se derrite con un silbido. Un vapor se eleva y entre las grietas aparecen flores, brillantes, florecientes, ungiendo el aire con esencias de jazmín y sándalo. El lado Seelie de la calle está bañado en luz dorada.
Mientras las garras y estómagos escalados de mi ejército avanzan sobre las piedras- se forma una corteza de hielo negro. La noche nos abraza; como sombras furtivas, avanzamos emergiendo de la oscuridad.

Sólo en una oportunidad anterior se los Seelie y los Unseelies se han enfrentado de esta forma – ese fue el día en que murió la reina Seelie. Esto es material de leyendas, nunca presenciado por humanos, excepto tal vez en nuestros sueños.
Monstruos deformados y horrendos demonios se quedan mirando con siniestros ojos llenos de odio, sus perfectos, dorados enemigos.
Los ángeles miran con desprecio esas abominaciones que nunca debieron haber nacido, aquellos que ensucian la perfección de la raza Fae, contaminan su existencia simplemente porque viven.
Me pregunto que estaba pensando Darroc al enfrentarlos de esta manera.
Nos detenemos a una docena de pasos de distancia.
Mi aliento congela el aire para convertirse luego en vapor al traspasar una barrera invisible. Sobre el pavimento en medio de nosotros giran remolinos, reuniendo la indigerible piel de las personas que las Sombras dejaron atrás, y comienzan a formarse pequeños tornados.
Quien fuera que invento en los cuentos de hadas que los Fae no sentían estaba hablando pura mierda. Ellos sienten el rango completo de las emociones humanas. Ellos simplemente lo manejan diferente; con paciencia nacida de la eternidad. Educados en las costumbres de la corte, ellos adoptan mascaras de impasividad porque tienen la eternidad para jugar sus juegos.
Mientras nos estudiamos a través de los rápidamente crecientes tornados, recuerdo a V’lane contándome como ellos destruyeron su propio mundo luchando. Se partió de un lado a otro. ¿Fue así como ocurrió? ¿Podrá el cambio climático que se está generando por el choque de estas dos poderosas cortes seguir creciendo si pelean, y destruir tambien este mundo? No es que me importe mucho, dado que pretendo re-crearlo usando El Libro, pero necesito El Libro antes de que este mundo sea destruido.

Lo que significa que la batalla de las tormentas realmente necesita detenerse.
“Suficiente melodrama, V’lane,” digo fríamente.
Sus ojos son los de un extraño. El me observa con la misma expresión que utiliza con los monstruos a mi espalda. Estoy un poco irritada al darme cuenta que ni siquiera mira a Darroc. Su mirada pasa por encima de él como si ni siquiera estuviera alli. El es el Fae caído, traidor de su raza, el único culpable por la caída de las paredes. Yo soy sólo una Sidhe-seer tratando de sobrevivir.
El dios Griego espolvoreado de oro parado a diestra de V’lane dice con desprecio, “¿Esa…cosa es la humana que dijiste que debemos proteger? ¡Ella está aliada con esas abominaciones!”
La diosa de piel dorada a su izquierda sisea, “¡Destrúyela ahora!”
Cientos de Seelie, caminando, danzando y volando comienzan a clamar por mi muerte.
Sin quitar mis ojos de ellos, le digo a Darroc, “Realmente me serviría tener mi espada ahora.” Asumo que el aún la tiene, que V’lane no se las ha arreglado para quitársela de la misma manera que lo hace conmigo.
Mientras las pequeñas, delicadas hadas comienzan a proponer métodos para mi ejecución, cada uno más lento y doloroso que el anterior, el dios y la diosa que acompañan a V’lane lo presionan.
“Ella es humana y ha escogido a los oscuros. ¡Mírala! ¡Ella lleva sus colores!”
“¡Tu dijiste que ella nos adoraba!”
“¡Y que ella nos obedecería en todo!”
“¡Ellos la han tocado! ¡Puedo olerlos en su piel!” Los dioses parecen asqueados… y excitados. Sus ojos iridiscentes brillan con chispas doradas.
“¡Ellos la han usado!” Gruñe la diosa. “Ella está sucia. ¡No voy a tolerarla en la corte!”
“Silencio” Grita V’lane. “Yo dirijo la raza para nuestra Reina. Yo hablo en nombre de Aoibheal!”
“¡Esto es inaceptable!”
“¡Escandaloso!”
“¡Más de lo que podemos soportar, V’lane!”
“¡Ustedes harán lo que yo diga, Dree’lia! Yo soy quien decide su destino. Y sólo yo haré que se cumpla”
Yo le siseo a Darroc. “Tu necesitas tomar una decisión, y rápido.”
“Ellos siempre exageran,” murmura Darroc. “Es una de las muchas cosas que despreciaba de la corte. Una sesión del Alto concejo puede continuar así durante varios años humanos. Dales tiempo. V’lane los obligará a calmarse.”
Una de las pequeñas, aladas Seelie, rompe la formación y se dirige directo hacia mi cabeza. Yo la esquivo pero ella sigue volando a mí alrededor.
Me sorprendo al oírme a mi misma riendo.
Dos más rompen la formación y comiezan a dibujar apretados círculos alrededor de mi cabeza.
Mientras ellas pasan alrededor mío, mi risa toma un tono histérico. No hay nada gracioso a cerca de lo que está pasando – Y aún así yo me rio a carcajadas. No puedo evitarlo. Nunca he estado tan divertida en toda mi vida. Me sostengo a los lados y me doblo, riéndome, riéndome a carcajadas, ahogándome en sollozos de alegría forzada, mientras ellas se acercan más y más a mí. Estoy avergonzada de los sonidos que salen de mi boca. Horrorizada ante la naturaleza incontrolable de ello. Odio los Fae y su manera de despojarme de mi voluntad.
“Deja de reírte” gruñe Darroc.
La risa me tiene al borde de la histeria y duele. Me las arreglo para levantar mi cabeza de mis rodillas solo lo suficiente para darle una mirada sucia. Desearía dejar de reírme. Pero no puedo.
Quiero decirle que obligue a las malditas cosas a marcharse, excepto que no puedo respirar, ni siquiera puedo cerrar mis labios el tiempo suficiente para formar consonantes. Lo que sea que estos adorables pequeños monstruos Seelie sean, su especialidad es la muerte por risa. Que horrible manera de morir. Después de tan solo unos minutos, me duele el tórax de tanto reírme, mi estomago arde, y mi respiración es tan ligera que estoy mareada. Me pregunto cuánto tiempo toma morir de alegría forzada. ¿Horas? ¿Días?
Una cuarta pequeña hada se une al juego, y me yo me prepare para doblarme sobre mí misma, para encontrar un arma en mi oscura cueva del lago, cuando de repente una lengua, chorreando veneno, pasa silbando junto a mi oído y desaparece la pequeña Seelie del aire.
Escucho sonidos crujientes tras de mí.
Me rio sin parar.
“¡V’lane!” grita la diosa dorada, “¡Esa cosa, esa horrible cosa se comió a M’ree!”
Escucho otro sonido, seguido de más sonidos crujientes y la segunda hada desaparece. Yo me rio a carcajadas enloquecidas.
Las dos restantes se retiran, sacudiendo diminutos puños y gritando en un lenguaje que no comprendo. Incluso enojados, su voz es más Hermosa que un aria.
Mi risa pierde su potencia forzada.
Después de un largo momento, soy capaz de relajarme, y dejo de hacer locos sonidos de alegría. Los estruendos se desvanecen de gemidos a silencio. Suelto mi estomago e inhalo aire frio, calmante.
Allí estoy, furiosa de repente, y esta emoción es toda mía. Estoy harta de ser vulnerable. Si tuviera mi espada esas sucias pequeñas hadas de muerte-por-risa nunca se hubieran atrevido a acercarse a mí. Las hubiera cortado en el aire y hubiera hecho Kebabs de hada con ellas.
“Los amigos” le siseo a Darroc, “Confían el uno en el otro.”
Pero él no lo hace. Puedo verlo en su rostro.
“Tu dijiste que me la entregarías para que pudiera defendernos.”
El sonríe suavemente y sé que está recordando cómo murió Mallucé; lenta, horriblemente, pudriéndose de adentro hacia afuera. La espada mata a cualquier ser Fae y gracias a que Darroc ha estado comiendo tantos Unseelies, por sus venas corre sangre Fae. Un pequeño corte con la espada se convertiría en una sentencia de muerte. “Por ahora, no estamos siendo atacados”
“¿A quién le estás hablando, humana?” demanda la diosa.
Miro a Darroc, quien se encoje de hombros. “Te dije que el primer Seelie que me viera trataría de matarme. Por eso ellos no pueden verme. Mis príncipes me esconden de sus ojos.”
Ahora comprendo porque la vista de V’lane se desliza sobre él como si no estuviera allí. No lo está. “¿Así que para ellos yo soy la única parada aquí? ¡Ellos creen que estoy liderando tu ejercito!”
“Nunca temas, sidhe ser,” dice fríamente V’lane, “Yo huelo la podredumbre de lo que una vez fue Fae y ahora canibaliza nuestra raza. Yo sé quien lidera este ejército. Y a cerca de ser tu amigo, este con el que tan poco sabiamente caminas no tiene amigos. El siempre ha servido únicamente a sus propósitos personales.”
Yo inclino mi cabeza. “¿Eres tu mi amigo, V’lane?”
“Podría serlo. Te he ofrecido mi protección repetidamente.”
La diosa jadea. “¿Tu le ofreciste protección y ella se negó? ¿Ella escogió esas… cosas… sobre nosotros?”
“¡Silencio, Dree’lia!”
“Los Tuatha de Danaan no se ofrecen dos veces” refunfuña ella.
“¡Dije silencio!” Estalla V’lane.
“Tu claramente no compren-“
Me quedo sorprendida. Dree’lia no tiene boca. Sólo queda suave piel donde solían estar sus labios. Sus delicadas fosas nasales se abren debajo de ancianos, ojos llenos de odio.
El dios dorado se acerca para abrazarla. Ella apoya su cabeza en su cuello y se agarra a él. “Eso fue innecesario.” Le dice rígidamente a V’lane.
Estoy sorprendida por la absurdidad del momento. Aquí estoy yo, en medio de las dos mitades de la raza más poderosa que se pueda imaginar. Ellos están en guerra. Ellos se odian y están tratando de conseguir el mismo premio.
Y los Seelie – quienes han disfrutado de absoluta libertad y poder durante toda su existencia – están peleando entre ellos por simples trivialidades, mientras los Unseelies – quienes han sido aprisionados, obligados a soportar hambre y torturas durante cientos de miles de años – mantienen pacientemente su formación y esperan por las órdenes de Darroc.
Y yo no puedo evitar verme reflejada en ellos. Los Seelie son quien yo era antes de la muerte de mi hermana. La linda, rosada, frívola Mac. Los Unseelies son quien me he convertido, esculpida por la perdida y la desesperación. La Mac negra, sucia, y determinada.
Los Unseelies son más fuertes, menos vulnerables. Me alegro de ser como ellos.

Gracias a Jam's World

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